AMLO sepulta a la izquierda

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México ha visto muchas muertes en este sexenio. Hemos visto casi 60 mil homicidios, y nos acercamos a las 90 mil muertes por la COVID-19. Pero hay un fallecimiento del que nadie habla: la izquierda mexicana.

Lo extraño de la historia es que el gran destructor de lo que alguna vez fue la izquierda mexicana es precisamente el presidente que llegó al poder diciendo ser de ese sector político: Andrés Manuel López Obrador.

Hay una oposición estridente que asegura que el presidente nos llevará al comunismo. La verdad, no deben preocuparse. López Obrador no es, ni nunca fue, de izquierda. Y quien piense que este es un gobierno socialista, no está poniendo atención. Es un gobierno profundamente conservador.

Pero lo interesante de la historia es esto: AMLO vino del PRI, se volvió el líder de la izquierda mexicana, y la desarmó desde adentro. Ha resultado ser un topo de la derecha en el progresismo mexicano.

Mientras gobernó la Ciudad de México, el hoy presidente bloqueó o vetó las iniciativas de izquierda. Ya sea el aborto, el matrimonio igualitario o la transparencia, siempre estuvo en contra. 

Como presidente, ha sido aún más conservador. Por supuesto que siempre habla del pueblo y de los humildes, pero lo hace desde una perspectiva patriarcal, muy lejos de la aspiración igualitaria de la izquierda tradicional. 

Un poco de historia. Durante décadas existió una izquierda vigorosa en nuestro país, si bien minoritaria. Esa izquierda se integró en torno a Cuauhtémoc Cárdenas y lo que eventualmente sería el Partido de la Revolución Democrática. Pero la historia les tenía una amarga sorpresa: quién sería su líder más importante también terminaría destruyendo sus ideales.

Así, López Obrador, desde que asumió la presidencia del PRD comenzó a combatir el perfil “zurdo” del partido para hacerlo centrista, con el fin de ganar un electorado con el que se identificaba él cómo líder. El precio de esto fue reducir el PRD a una burocracia sin ideas. 

Fue exitoso López Obrador: al desdibujar las ideas de su partido, todos cabían. Después abandonaría ese partido que ya le estorbaba y crearía el propio. Y así, la construcción de Morena es un espejo perfecto de la genialidad del PRI, que va desde los sindicatos y obreros, hasta los más neoliberales de los conservadores. 

En la misma mezcla tenemos feministas y evangelistas, representantes del PRI más rancio y de la corriente democrática. Tenemos a gente que alguna vez luchó por la izquierda junto con empresarios que se enriquecieron con Carlos Salinas. De todo. Lo que no hay, es una propuesta política, más allá de las vaguedades clásicas. No hay proyecto de nación. Y los izquierdas que están en el gobierno han sido silenciados y domesticados.

Esto ha forzado a que la oposición haga lo mismo. En los nuevos grupos que buscan cambiar el rumbo del país se integra de todo: desde provida hasta ex guerrilleros. 

Así, la brújula política de México, que iba de la izquierda al centro a la derecha, se ha desplazado claramente hacia la derecha.

Sí tenemos ultraderecha, eso está claro. Tenemos un gobierno que, en el mejor de los casos, es de centro derecha. Y una oposición que oscila entre estas dos posiciones. Lo que no tenemos es izquierda.

Los morenistas como Yeidickol pueden poner todas las fotos que quieran del Che Guevara en sus redes sociales, pero la verdad es que este gobierno tiene un claro rostro conservador: busca beneficiarse políticamente de la pobreza, mantener la desigualdad, y protege los privilegios para los más poderosos. Y lo que nos ha demostrado la disputa al interior de Morena es que no es por ideales, simplemente es por el poder

Quizá la izquierda fracasó en sus ideas, o quizá nunca supo cómo comunicarlas y articularlas en verdaderas políticas públicas que funcionen. 

Pero sí es malo para México que las ideas de la izquierda se pierdan. No se trata de destruir al sistema ni de armar el socialismo. Se trata de tomar lo mejor de cada postura para construir un país menos desigual y menos discriminador.

Un país sin mexicanos y mexicanas de segunda. Uno dónde todas las libertades importen. Un país diferente al que está construyendo López Obrador.

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