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Lo que la campaña se llevó

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Por fin termina este proceso electoral que se ha sentido eterno. Llevamos tantos meses, hasta años, viendo cómo las corcholatas jugaban al borde de la legalidad, usando enormes recursos cuyos orígenes jamás se demostraron, para lo que iba ser el obvio resultado: la candidatura sería de quién el presidente diga. Y siempre dijo, con bastante claridad, que era Claudia Sheinbaum.

Pero la pantomima fue extensa y cara, y las mismas corcholatas se convencieron de que tenían oportunidades, o al menos lo usaron para ir negociando futuras posiciones propias y de su gente. En general lo lograron. 

Del lado de la oposición vimos a los liderazgos de los partidos mostrar sus clásicas prácticas, pero al final también hicieron un proceso del que salió una candidata más inesperada, Xóchitl Gálvez, que logró en un primer momento capturar una emoción ciudadana interesante.

Movimiento Ciudadano se felicitó a sí mismo por no adelantar los tiempos de campaña, pero eso no es tan cierto: el partido de Dante Delgado estaba esperando ver si podía levantar a Marcelo Ebrard y aprovechar su arrastre con amplios sectores sociales, cosa que al final no funcionó. Su otra gran carta, Samuel García, hizo todo lo que pudo para sabotear a su propia candidatura, y al final tuvo que quedarse en Nuevo León, resentido y echando culpas por no haber podido construir acuerdos. Jorge Álvarez Máynez fue un candidato accidental y producto de un dedazo en MC.

Hemos hablado mucho de la campaña, pero en un par de días, ya que conozcamos el resultado, tendremos que hablar de lo que se llevaron. Y fue bastante.

Primero, un río de dinero, tanto legal como ilegal, que no le reporta ningún beneficio a la sociedad. La débil fiscalización del INE ha sido casi inexistente. Vimos infinitos comerciales, propaganda; lonas y carteles. Actos de campaña. Movilizaciones, compra de votos y voluntades. Millones y millones de pesos que sólo generaron contaminación visual y física. 

No es que esto sea nuevo, pero sin duda es algo que no se está atendiendo. Es difícil entender que a estas alturas de la vida democrática seamos incapaces de hacer campañas realmente limpias. Y quienes presumen que las hacen es más bien porque no tienen dinero, no porque sean ecologistas.

Otra cosa que nos dejan son miles de promesas vacías. Y, por supuesto, las campañas se tratan de convencer al electorado de que lo harán mejor y resolverán problemas. El tema es que siguen prometiendo resolver los mismos problemas que no han resuelto en años. Así, vimos a una Clara Brugada asegurando alegremente que en cuestión de días tras su triunfo el agua estará asegurada para la capital. Esto, tras gobernar por una década Iztapalapa sin haberlo resuelto. 

Esto es particularmente cierto con la corrupción e inseguridad. Eran dos de las grandes promesas de la campaña anterior, y ambas están igual o peor que antes. Las propuestas de la candidata de Morena son seguir igual.

Y por supuesto, las campañas nos dejan la violencia y las tragedias. La campaña de Máynez al final será recordada por la muerte de nueve personas en Nuevo León más que por cualquier otra cosa. El proceso en general será recordado por las decenas de muertos -aunque “solo” 22 según el gobierno- y por los 750 casos de violencia política criminal. El doble que en 2018.

Por último, esta campaña se llevó un elemento de decencia fundamental: el respeto a las leyes. No es que les haya importado antes, pero en esta campaña pasó todo lo que alguna vez exigió no se hiciera, se violaron todas las reglas y se puso en riesgo la legalidad de la elección. 

Mañana hay que ir a votar sin pretextos. Pero ese es solo el primer paso: después nos toca exigir y demandar que las promesas se cumplan; que no todo sea, otra vez, una mentira. Eso ya dependerá de nosotros.

Más del autor: Volver a debatir

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