El caso GameStop y Wall Street mostró que la gente puede hacer temblar a los poderosos

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La crisis en Wall Street por la rebelión de GameStop nos enseña que no se necesita a un gran líder y caudillo para lograr cambios, sino de una sociedad articulada y rebelde.

Lo sucedido en las últimas semanas en Wall Street ha sacudido a las estructuras de la oligarquía económica. El caso es fascinante en muchos sentidos, pero tiene sus precedentes, y al final son una muestra de que la sociedad organizada sí puede poner a temblar a los grandes poderes.

La historia es compleja, pero vale la pena explicarla un poco. Desde hace años, tras la crisis financiera de 2009, surgieron diversos movimientos que querían regular a los mercados de acciones y hacer que el 1% más rico no fuera salvado por el gobierno mientras que la ciudadanía pagaba los platos rotos por los abusos de los más ricos. 

Así, en diciembre de 2010 surge “Occupy Wall Street”, un movimiento social sin liderazgos claros que buscaba cambiar las reglas del juego bursátil y hacerlas más parejas. Hubo protestas, represión y encarcelados. Al final lograron algunos cambios que limitaron las acciones depredadoras, pero su costo humano fue muy alto.

Lo que vimos ahora es muy diferente. Un grupo de personas, sobre todo jóvenes, se organizaron a través de un grupo en la red social Reddit para combatir una práctica buitresca del mercado: la venta corta.

En esencia, la venta corta es: uno toma prestada una acción de alguien más con la esperanza de que baje de precio; la vende y espera unos días a que en efecto se deprecie. Cuando lo hace, la vuelve a comprar para devolverla, quedándose con una ganancia.

Es una práctica muy común en Estados Unidos, pero prohibida en muchos otros países por su naturaleza destructiva. Sin embargo, en ese país ha ayudado a unos cuantos inversores a hacer ganancias multimillonarias apostando al fracaso de distintos negocios. 

Este fue el caso de GameStop. La cadena de tiendas de videojuegos había crecido mucho hace una década gracias al boom del mercado de consolas. Pero conforme las compras digitales y las descargas en línea fueron creciendo, su lugar en el mundo empezó a decaer. Lo mismo que le pasó a Blockbuster.

Pero entonces, un grupo de chicos y chicas se pusieron de acuerdo e hicieron algo que cimbró al mundo financiero: compraron masivamente acciones de GameStop. Eran jóvenes que podían gastar 100 o mil dólares en acciones, que en ese momento valían menos de 20 cada una.

Y como es el mercado a mayor demanda, mayor precio y las acciones se dispararon, causando una debacle para muchos grandes fondos de inversión, que ahora tenían que recomprar acciones que en lugar de valer 15, valían 300 dólares. Estamos hablando de millones en pérdidas.

No deja de ser interesante que estas personas pusieron en jaque al sistema utilizando sus reglas; no hicieron nada ilegal, solo se organizaron. 

El caso ha suscitado muchos debates y nos ha demostrado que la sociedad articulada y rebelde, sí puede hacer cambios.

Lo vimos en la primavera árabe de 2010 y 2012, cuando la gente, indignada con los abusos de sus gobernantes, se movilizaron por las redes sociales y lograron derribar gobiernos. No podemos decir que hayan sido historias de éxito, pero sí podemos ver el poder de la gente cuando defiende una causa que les une.

No se necesita un gran líder y caudillo, lo que se necesita es comunicación. Es la conexión en tiempo real lo que permite que suceda lo de GameStop y que permitió lo que pasó en el mundo árabe hace una década. 

Y su destino es incierto y no siempre es necesariamente positivo, como la guerra civil en Siria nos ha demostrado. Además, vemos ya el contragolpe: ahora, los grandes capitales de Wall Street están demandando las regulaciones que siempre han rechazado, porque sienten su territorio invadido por las hordas salvajes.

Es lo mismo que está pasando con Twitter y el debate de las redes sociales en México. Antes, eran “benditas” y un gran aliado de la oposición del entonces candidato López Obrador. Ahora, que han bloqueado a su amigo Donald Trump y a notorias cuentas de sus apoyadores, resulta que necesitan estar bajo el control del Estado.

Es debatible si una empresa puede silenciar o no a alguien que abusa de sus términos y condiciones, pero es muy preocupante que quiera ser Ricardo Monreal quien establezca cuales son las reglas que deben regir el mundo de las redes.

Las regulaciones, al final, deberían tener siempre un objetivo específico: garantizar la justa competencia y la libertad. Buscan proteger a los débiles y no permitir los abusos de los fuertes. No siempre es así, pero ese debe ser su objetivo.

Hoy, lo que estamos viendo es justo lo opuesto: grandes capitales y poderosos gobernantes quieren regular para controlar a la sociedad y a las empresas.

Quizá la aventura de los activistas de GameStop será solo un recuerdo en algún tiempo, pero nos deja una lección que no podemos olvidar: la sociedad, con objetivo y plan, siempre es más fuerte.

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