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Leviatán

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¿Por qué existe el gobierno y por qué aceptamos su autoridad? Esta duda ha perseguido a teóricos políticos desde hace mucho tiempo. El tema central es por qué aceptamos no solo su autoridad, sino su autoritarismo.

No es un tema menor considerando los tiempos que estamos viviendo en México y otros países en que los gobernantes han amasado una enorme cantidad de poder sobre la vida de las personas.

Alguien que entendió y trató de explicar esto fue Thomas Hobbes. En 1651, el filósofo inglés publicó El Leviatán, libro en el que desarrolla su teoría política sobre el origen y la naturaleza del gobierno y la sociedad, así como su propuesta sobre la forma en que debería organizarse el Estado.

Hobbes era un pesimista: dice que la triste verdad es que los humanos somos egoístas y violentos. Que estamos en una perpetua guerra con los demás. Creía que la única forma de escapar de esta situación de conflicto era renunciar a nuestras libertades y derechos naturales y entregarlas a un soberano con poder total.

Esta es la cristalización de la fantasía de gobiernos como los que tenemos hoy: que pueden decidir sobre todos los aspectos de la vida de su ciudadanía. Qué pueden hacer, decir pero sobre todo, lo que no pueden hacer. 

El soberano, en la teoría de Hobbes, puede tomar estas decisiones de forma unilateral y no puede ser cuestionado. Esta concepción del Estado ha sido llamada “absolutismo”, en la que el poder del soberano no tiene límites.

Esto lo vemos en Rusia, pero también en Venezuela, El Salvador, Cuba. Y si bien aquí en México no es aún el caso, lo que sí hay es una lucha perpetua contra los contrapesos políticos y sociales a un poder que aspira a decidir sin dar explicaciones.

Lo que publicó Hobbes en el siglo XVII causó controversia entonces y la sigue causando hoy, ya que puede ser interpretado como un llamado a una sociedad autómata y sumisa.

Una de las críticas principales a la teoría de Hobbes es su concepción del Estado absolutista y su justificación del poder ilimitado del soberano. Esto ha sido cuestionado por muchos filósofos políticos que defienden la idea de que el poder del gobierno debe estar limitado para proteger los derechos individuales y las libertades civiles.

Otros han dicho que el orden exige sacrificio. Si no quieres caos, entrega obediencia.

Pero aquí está el precio para el soberano: tiene que darle seguridad y protección a su gente. Porque si las personas renuncian a su libertad, el pacto social es que no haya peligro.

Acá está nuestro dilema: se espera que renunciemos a nuestra libertad de exigir, de criticar, de tomar decisiones, a cambio de la promesa vacía de seguridad.

Esta semana supimos, por ejemplo, del caso en San Luis Potosí. Un grupo de 23 extranjeros desaparecieron y en el esfuerzo por encontrarlos hallaron a más de 130 personas secuestradas, esclavizadas, no todas migrantes. Pero fue un accidente. No fue prevención del Estado, no fue protección. Fue una reacción que llevó a la accidental liberación de personas privadas de su libertad.

No nos queda más que asumir que si había 130, hay muchísima más gente en esa situación, pero el gobierno ni los busca, ni los encuentra.

Ojalá eso fuera aislado, o inusual.

También en estos días se cumplió un año del feminicidio de Debanhi Escobar, que sigue sin ser ni explicado ni resuelto, como miles de otros homicidios sin esclarecer. La impunidad aún está por arriba del 90% en muchos delitos.Al final, la ciudadanía sí tiene la obligación de cumplir con la ley y respetar a las personas. Pero jamás debe ofrecer obediencia y pleitesía a ningún gobierno, menos a uno que no cumple con su promesa principal: terminar con el caos.

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