¿Qué tan probable es que nos convirtamos en una dictadura como Venezuela?

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Hay un temor creciente en distintos sectores de la sociedad mexicana. Un miedo que a veces opaca las ideas y dificulta los debates. Esta es la idea de que nos vamos a convertir en la próxima Venezuela.

Quienes están preocupados por esta idea tienen sus argumentos: el camino de Andrés Manuel López Obrador tiene muchos puntos de coincidencia con los de Hugo Chávez. Ambos llegaron al poder de forma democrática, con amplia legitimidad. Los dos usaron el discurso del “pueblo bueno” contra las “élites malvadas” para consolidar la polarización en sus países. Usaron el discurso de combate a la corrupción y acusaron a la prensa crítica de estar vendida a poderes oscuros.

Ambos presidentes aprovecharon las herramientas de la democracia para, irónicamente, desgastar a las propias instituciones que deberían proteger a la democracia: derechos humanos, transparencia, elecciones y otras muchas.

Y los dos gozaron de una ventaja especial: oposiciones desprestigiadas, divididas, inoperantes. Sin figuras ni ideas muy claras más que estar en contra del gobernante. Esto le permitió a Chávez, y ahora a López Obrador, avanzar en sus agendas sin mayores obstáculos, mientras acumula cada vez más poder.

Pero así como se pueden encontrar coincidencias, hay varios matices fundamentales que deben hacernos ver que la “pesadilla venezolana” no tiene muchas posibilidades de suceder en México. 

En primer lugar, hay que aprender a separar el discurso de las acciones. El gobierno puede criticar a los empresarios con fuerza, pero al final los hombres más ricos de México, como Carlos Slim, son claros aliados. Así que la élite económica podrá estar en desacuerdo con muchas decisiones, pero hasta ahora ninguna determinación del gobierno parece afectarles.

Además, con la firma del T-MEC con los Estados Unidos, nuestros vínculos comerciales están claramente regulados. Habrá diferencias y conflictos, pero la verdad es que ese acuerdo, de corte absolutamente neoliberal, es un grillete que México no puede romper.

Y si bien critica a instituciones como el INE o el INAI, hasta el momento se sostienen con todo y presupuesto.

No importan los discursos de soberanía ni anti imperialistas: el dinero es el dinero y eso garantiza que tendremos que seguir ciertas reglas económicas. Por tanto, una cosa son las frases dramáticas y otra muy distinta las acciones reales.

El riesgo que sí enfrentamos, y debería preocuparnos, es la extrema militarización del país. Hoy, las fuerzas armadas están involucradas en decenas de actividades que nada tienen que ver con su mandato.

Mientras descuidan la seguridad, se enfocan en construir aeropuertos y bancos, perseguir migrantes y llevar a cabo muchas otras acciones que les dan más recursos, influencia y espacio de acción pública. Hoy, el Ejército, la Marina y la Guardia Nacional tienen más poder que nunca.

Y unas fuerzas armadas demasiado poderosas siempre debe preocupar a las democracias. Porque es justo un Ejército empoderado el que puede sentirse tentado a asumir las riendas, empujado por grupos reaccionarios o poderes extranjeros. 

Fue así como Augusto Pinochet, en Chile, logró hacerse del poder, iniciando una de las más cruentas dictaduras de América Latina. Unas fuerzas armadas con enorme control, intereses extranjeros con determinación por detener un proceso político, y una clase económica saboteando los mercados crearon las condiciones que permitieron el golpe de Estado.

Pero atención: ya no estamos en la Guerra Fría, a pesar de la retórica presidencial. Somos actores de una economía global. Somos parte de un entramado que no pareciera que existen las condiciones para que seamos Chile. 

Sin embargo, eso no significa que no estemos en una deriva autoritaria. Y como ciudadanía, nunca debemos de dejar de tener presente que más allá de nuestras diferencias, de nuestras contradicciones y de nuestros valores. 

Porque hay algo que no podemos poner en riesgo: la democracia.

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