El señor ministro

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Vaya sacudida que tuvo la Suprema Corte de Justicia esta semana. La inesperada renuncia de Arturo Zaldívar agitó el avispero político y ha despertado múltiples especulaciones, así como todo un debate legal sobre qué pasará. 

La historia de Zaldívar como ministro es muy peculiar. Fue nombrado por el entonces presidente Felipe Calderón, con quien casi de inmediato rompió lanzas. Sus fallos en casos como el de la guardería ABC o el caso de Florence Cassez fueron desafíos directos al poder Ejecutivo.

Nunca se dejó amedrentar. Como ministro presidente, además, fue inusualmente progresista. Apoyó la legalización del cannabis y empujó lo que él consideraba una agenda feminista. En los últimos tiempos también trató de estrenarse como influencer, haciendo videos en Tik Tok o declarándose fan de Taylor Swift. Un ministro conectado con las juventudes, moderno, hasta alegre. 

Era una imagen muy diferente a la solemnidad que suele caracterizar a los y las ministras, y se sentía como un cambio refrescante. Sin embargo, al mismo tiempo que se hacía el juvenil y moderno, mostraba otro giro interesante. Pasó de ser desafiante al Poder Ejecutivo a ser sumiso.

Eso pasó cuando Andrés Manuel López Obrador llegó al poder. Nunca fue discreto en su afinidad con esta administración. Vale la pena recordar, por ejemplo, cuando se debatía la legalidad de la famosa consulta sobre los juicios a los ex presidentes. 

Aquella consulta siempre fue absurda: si había cargos contra ellos había que procesarlos; si no, no había nada que hacer. Zaldívar apoyó que se realizara la consulta e incluso ayudó a redactar la pregunta que al final se presentó. 

La consulta costó millones de pesos, tuvo poca participación y cero impacto: hasta hoy, ni un ex presidente está siendo ni siquiera investigado. Pero sirvió para alimentar la llama de polarización, odio y rabia que tanto le sirve a este gobierno.

Durante la gestión de Zaldívar, el Poder Judicial y el Ejecutivo eran cercanos y se apoyaban. Había enojo contra jueces en particular por ciertos amparos que afectaban los planes del presidente, pero no con la Suprema Corte. 

Después vino la sucesión y todo cambió. Primero con el escándalo de la tesis plagiada de Yasmín Esquivel, un tema que sigue dando de qué hablar; después, con la elección de Norma Piña como presidenta de la Corte, una mujer que no responde a las órdenes de López Obrador. 

Así, mientras la relación entre el Poder Judicial y el presidente se volvió amarga, Zaldívar se relajó; guardó silencio en temas graves y votó siempre a favor de lo que quería el gobierno. No defendió a sus colegas con el tema de la extinción de los fideicomisos, un tema en el que incluso la muy obediente senadora Olga Sánchez Cordero se rebeló. 

La renuncia del ministro fue aceptada sin dudarlo por el presidente y Zaldívar se sumó de inmediato al equipo de Claudia Sheinbaum, derrumbando cualquier noción de que era un ministro independiente.

Está aún el problema legal: la Constitución exige que renuncie por una “causa grave”. Él dijo que sumarse a “la transformación” era suficientemente importante como para ser válido. Ni siquiera esperó a que su renuncia proceda para montarse en la campaña. 

Ahora la gran discusión es qué hará: por ley no puede ejercer cargos relevantes por al menos dos años, a menos de que se haga alguna truculencia. 

Su opción a futuro es que Morena logre la mayoría calificada y cambien la Constitución. Es una apuesta arriesgada pero no imposible. 

Zaldívar al final pasará a la historia como un ministro al servicio del presidente, quien ahora propondrá a alguien que le suceda en el cargo. 

Pero la gran ironía es ésta: López Obrador será uno de los pocos gobernantes que nombró a cinco ministros y aún así no pudo subyugar al Poder Judicial.

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