Odio en la red

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¿Por qué nos odiamos? ¿Por qué estamos tan polarizados? Hoy, en México y otros países, vivimos un momento muy peligroso: la era del odio en la red.

La violencia verbal que estamos experimentando y fomentando tiene un claro beneficiario: los gobiernos tecnopopulistas. Puede sonar a ciencia ficción, pero es un fenómeno real en muchos países. Y nos afecta como ciudadanía.

El principal exponente es, sin duda, Donald Trump. Como presidente de los Estados Unidos, y desde antes, ha convertido a las redes sociales en una herramienta para promover prejuicios, noticias falsas, información confusa y manipuladora.

Pero no está solo. Lo acompañan Jair Bolsonaro, de Brasil; Recep Tayyip Erdoğan, de Turquía y, por supuesto, Andrés Manuel López Obrador, de México.

¿Por qué se les señala como “tecnopopulistas”? La definición, del escritor italiano Giuliano da Empoli, sirve para definir a los gobernantes que han aprendido a utilizar las redes sociales para denigrar a sus adversarios, agitar a sus seguidores, atacar a la prensa crítica y difamar a sus oponentes.

No necesitan hacerlo siempre de forma directa. Lo hacen a través de sus empleados, redes de bots y seguidores enardecidos. Todos estos líderes han construido una retórica de absolutos, en la que solo hay buenos y malos, aliados y enemigos. Y les ha sido muy funcional, ya que reduce el debate público al mínimo común denominador: estás conmigo o en mi contra.

Sobra decir que estos líderes también se enfrentan con las mismas redes que utilizan. Entre más se violenta el discurso, son víctimas de lo mismo que han generado. Así, las oposiciones utilizan tanto bots como cuentas reales para insultar, atacar, confundir y promover noticias que pueden ser falsas o malintencionadas. Tanto Trump como AMLO -y los otros líderes- han manifestado públicamente su molestia con algunas redes sociales.

El problema es dónde quedamos como ciudadanía. Entre gobernantes radicalizados y oposiciones enfurecidas, el griterío es tan fuerte que ya nadie puede hablar seriamente. Esto es un gran peligro para nuestras democracias. 

Lo es porque son democracias frágiles, aunque lleven mucho tiempo existiendo. Se trata de sistemas que son vulnerables a la furia de las turbas o a los cambios que concentran el poder y son regresivos.

Las redes sociales han cambiado nuestro mundo y la forma en que nos relacionamos. Los humanos tenemos el imperativo biológico de conectarnos. Desde que en la antigüedad nos reuníamos en torno a una fogata hasta nuestros días, queremos estar vinculados. Las redes han llevado esto a un nivel explosivo y global. Ya no tenemos 30 amigos; tenemos cinco mil. 

Y eso suena bien, pero nos expone de formas que la mayor parte de la gente no entiende. 

No podemos olvidar que en las redes sociales, el producto somos nosotros. Siempre que un servicio es gratis, es porque lo que en realidad está vendiendo es a ti. 

Ya sea tu información, tus intereses, tus hábitos de consumo. Todo eso es negocio para las redes. Nos conocen de formas que no nos imaginamos.

Por eso es tan grave que seamos irresponsables en las redes. No solo nos convierte en cómplices de los discursos de odio y división que tanto benefician a nuestros gobernantes, sino que nos hace títeres de un sistema que se beneficia económicamente de cada una de nuestras conversaciones.

La oposición mexicana aún no está entendiendo que su discurso radicalizado solo alimenta y justifica el argumento del presidente. En lugar de ser diferentes, están instalados en la misma rabia que él. 

A los gobernantes populistas les sirve que el debate sea lo más superficial posible. Es útil, porque en lugar de discutir cosas a fondo, y analizar los problemas, se vuelve un tema personal, emocional. 

Y así, lo que discutimos no depende de quién tenga razón, sino de quién tiene autoridad moral. Por supuesto, son los presidentes los que deciden quién sí es digno de hablar y quién no.

Como sociedad, tenemos que romper esta encrucijada. 

¿Cómo hacerlo? Es fácil, pero poco emocionante. Dejando de lado la violencia verbal, el insulto, la descalificación. Evitando amplificar el discurso de odio. Proponiendo y pensando. Es nuestra responsabilidad, como medios y como ciudadanía, empujar un debate plural y abierto, que no sea rehén del presidente y su ocurrencia del día.

Así, cada vez que queramos insultar a alguien en la red, debemos dar un paso atrás y preguntarnos si le diríamos eso, con esas palabras, a alguien que esté frente a nosotros. Debemos preguntarnos si queremos ser como esa persona que usa la ofensa para comunicarse.

Si cambiamos, podremos empezar a construir un diálogo real y generoso. Podremos hacer algo que pocos están haciendo: encontrar un punto de encuentro para construir un mejor país.

Y la verdad es que nos urge un mejor país.

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