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Volver a debatir

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En la vida política, los debates han sido clave en el progreso democrático. Desde la incipiente democracia griega, este intercambio era fundamental para desarrollar el pensamiento crítico, describir los problemas y sus soluciones. Entender la realidad y sus desafíos. Y construir sociedad.

Ahora que el proceso electoral mexicano de este año está en su ocaso y los debates se han terminado, vale la pena volver a pensar en su razón de ser y preguntarnos si realmente están cumpliendo con su misión de ser un vehículo para un voto más informado.

Los debates políticos como los que conocemos ahora se popularizaron en la Inglaterra del siglo XVIII, con un sistema parlamentario que obligaba al Primer Ministro a dar explicaciones de forma regular. Esto dinamizaba a los grupos políticos, los mantenía atentos y a la sociedad la conectaba con la toma de decisiones.

Un debate que pasó a la historia fue aquel entre John F. Kennedy y Richard Nixon, que cambió la dinámica de una elección. Nixon iba directo a la victoria cuando Kennedy demostró que la presencia, el carisma y los argumentos pueden cambiar el rumbo de la historia. 

En México, el primer debate televisado fue de alto impacto. Era el año 1994. Competían Ernesto Zedillo, candidato accidental del PRI tras el homicidio de Luis Donaldo Colosio; Diego Fernández de Cevallos por el PAN y Cuauhtémoc Cárdenas por el PRD. Era una época convulsa y Cárdenas se presentaba como el camino democrático hacia la izquierda: la fuerza tranquila que cargaba la leyenda de su padre Lázaro.

Nada de eso le sirvió en un debate para el que no estaba preparado. Fernández de Cevallos aprovechó sus dotes histriónicas para avasallarlo y dejarlo sin respuestas; a Zedillo lo atacó también, pero de forma más cuidadosa. Al final, Zedillo se mantuvo en la línea de ser el que “sabía cómo hacerlo”. 

El priista ganó la elección montado en el voto corporativo, del miedo y la dificultad de la izquierda de ser convincente. Pero fue ese debate en el que Cárdenas realmente quedó fuera de la jugada. Desde entonces todas las campañas han tenido debates.

Sin embargo, y este es el punto, hay que preguntarnos si realmente están cumpliendo con su misión. La idea original es juntar a los lados opuestos, que den sus diagnósticos, su balance de la realidad y expliquen por qué su opción es la mejor para resolver los problemas.

Pero lo que vemos hoy es muy distinto. En la era de los asesores y consultores de las candidaturas, así como con las negociaciones sobre formatos de discusión, se han convertido en una especie de partido de fútbol que todos ganan y todos pierden según su propia opinión.

Por supuesto, competir es buscar ganar. Pero en esa lógica se ha vuelto un juego de suma cero, en el que el objetivo es derrotar al otro, exhibirlo, no informar a la gente ni hacerla pensar.

La verdad es que hemos convertido los debates en otro fracaso de nuestra democracia. Los aspirantes tratan de colar alguna promesa que les dé aquel ansiado voto indeciso, pero siempre resultan superficiales. Son acartonados, torpes y poco fluidos. La verdad, son aburridos.

Así, en el último debate Claudia Sheinbaum se esforzó por convencernos en su visión de buenos y malos, repitiendo algo tipo “ellos son la oscuridad, nosotros la luz”; Jorge Álvarez Máynez trató de colarse en la discusión, pero al final se mostró más como comparsa de Morena que como tercera vía; y Xóchitl Gálvez peleó por mostrar las vulnerabilidades de su principal oponente, con algún buen golpe, pero sin ser avasalladora.

Dicen que en un debate no se gana una elección, pero sí se puede perder. Quizá es hora de cambiar el modelo para que quien gane los debates no sea la clase política, sino la sociedad.

Más del autor: La historia se repite

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