Nacha firme y fe en Dios

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Hoy me rompí el dedo chiquito del pie.

Sí.

Otra.

Pinche.

Vez.

Es, oficialmente, la 11ª vez que me pasa. Y sí. Cada que pasa, pasa de maneras más ridículas.

Vaya uste’ a saber, querid@ lect@r, qué diablos estaba yo soñando y por qué era necesario patalear mientras soñaba. Yo lo único que sé es que me desperté en un grito y con ese profundo y tan familiar y agudo dolor.

Chinga tu madre 2020.

Mira que te tuve paciencia. Que traté de verte el lado bueno. Que me fortaleciste en muchas cosas y que, en general, me enfoqué en sacarte el lado bueno. Pero este último mesecito sí me pareció que ya te pasaste de la raya.

Y es que ustedes no están para saberlo, pero este mes, mi familia y yo la pasamos en el hospital. Mi papá, como ya les había contado, tuvo un incidente bastante serio que lo hizo acreedor a estar ahí guardadito casi 4 semanas y a nosotras, sus tres viejas, estar al pendiente y con el alma en un hilo yendo y viniendo cada día. Una mierda agotadora que si bien agradezco -porque cómo no agradecer tener acceso a servicios de salud dignos y de buena calidad- es completamente extenuante.

Los hospitales te chupan el alma ¿no? Son como un dementor que te va drenando la energía. Y eso que yo entraba y salía diario y, además, lloraba mis diez minutos religiosos cada día antes de dormir para tratar de calmar un poco mi estrés y, sobre todo, mi tristeza.

Pero mención honorífica a mi mamá siempre ahí con él, estoica, incluso cuando se veía totalmente perdida y exhausta, y a mi papá, tan valiente y apechugador siempre. A esos dos… mis papás… siempre juntos, en la salud, en la enfermedad, en los momentos de alegría y en la adversidad. Qué gran equipo han hecho a lo largo de su vida.

Me pasé, pues, el último mes entre el coche, el hospital y el montaje de un pequeño hogar temporal. El montaje implicó un desmontaje de otro pequeño hogar, una mudanza, muchas adecuaciones y pensar en cuatro mil detallitos para que cuando ellos llegaran todo estuviera per-fec-to…. ya me conocen… soy una atascada y no entiendo el concepto: “suficientemente bueno” (sin tenerles que explicar que, además, en tiempos de COVID todo implica una doble complicación y, evidentemente, mucho más estrés).  Me atasqué. Me encanta armar espacios pero, esta vez, se trataba de hacer lo único que yo sí sé hacer y que sí podía ayudar en algo a estos dos viejitos, mis viejitos, que tanto han hecho por mi toda mi vida: organizar.

Así que hice lo que sé hacer y puse todo mi amor y toda mi dedicación para que cuando ellos llegaran ahí se sintieran en casa, bienvenidos, queridos y, sobre todo, cómodos y seguros.

Ayer, cuando por fin regresé a mi casa después de este largo mes, dejándolos en su nueva casita ya instalados dije en voz alta: “aaaaah, ahora si me voy a relajar”

Y ¡madres!… me auto rompo el pinche dedo del pie.

¿Es bromaaaa?

En cuanto me pasó, regresó a mi cabeza la columna que escribí la última vez que esto había pasado: respira Amargeitor, esto es la vida diciéndote “¡para! no puedes controlar todo” y traté de enfocarme en pensar en que, probablemente, algo tenga que ver. (Aunque, solo para el record, si le quiero decir a la vida que también soy capaz de entender mensajes más sutiles). No mamen que piiinche dolor. Por más que me haya pasado tantas veces ¡siempre se me olvida cuantísimo duele!

Total, llevo tooodo el día echada en mi sillón. Medio veo tele. Medio dormito. Medio aúllo de vez en cuando y me salen lagrimitas de dolor. Medio despierto y pongo un meme. Y, por primera vez en tantos días, pude por fin pasar tiempo con mis hijos, echados, abrazados, viendo una de mis pelis favoritas (que si no han visto por favor no se pierdan) que habla justamente de que el único narrador de nuestras vidas es, sí, la vida misma y que no tiene nunca, palabra de honor…

Las cosas pasan.

Cosas horrendas. Dolorosas. Inesperadas. Trágicas. Desoladoras.

Pasan. Nos pasan. A todos.

Y es que la vida es, justamente eso, una colección de tragedias entre las cuales suceden los momentos felices, esos, los que nos permiten seguir adelante, resistir y seguir viviendo.

Pero el verdadero secreto de vivir es aprender que, incluso en el momento más triste, siempre hay gozo y que no importa qué pase, como decía mi abuelo: mientras no te mueras: vas a sobrevivir a todo.

Así que así llego yo al 24 de diciembre y al final de este año tan absolutamente escalofriante, intenso, ojete, sorprendente, terrible y eterno, pero tan veloz 2020: coja, exhausta, agradecida, asustada por lo que nos espera, y completamente furiosa de tenerme que quedar quieta cuando me faltaban tantas cosas por hacer, como preparar el pavo con la receta de mi abuela -cosa que jamás he hecho y decidí hacer ¡precisamente porque jamás lo he hecho! y porque es el favorito de mi papá y pensé: pues no me sentaré con él pero por lo menos se lo cocinaré- y que ahora, obvio, no sé cómo chingados voy a preparar (tengo mis esperanzas puestas en que el Sponsor tenga ganas de entrarle al quite) pero tratando de ver las bendiciones escondidas -como me dijo mi amigo Pepe- y buscando el  gozo en el dolor, como decía mi mamá postiza Tere, que se fue este año sin previo aviso y que voy por ahí, extrañando en quedito.

Acuérdate de pensar…

Que estoy viva. Sana. En mi casa. Con trabajo.

Con mis hijos, que no es por nada, pero wow. ¡Wow mis hijos frente a este año de mierda! Con el Sponsor y yo sobreviviendo a un año tremendo, pero seguimos aquí, eligiendo abrazarnos por las noches y después de los días de mierda, seguimos eligiendo caminar juntos.

Con mi papá y mi mamá vivos. Y aunque sé que no van a estar para siempre, están hoy , y ahora ¡además! son mis vecinos y aunque no sea ni remotamente la razón ideal para que lo sean, me llena de felicidad saberlos aquí cerquita, junto a mi y a mi hermana y su familia, que es parte tan fundamental de la mía.

Estoy muy madreada en muchos aspectos, pero estoy con los que más quiero… así que ¡¿qué más quiero?!

La vida es frágil y recordarlo hace que sin duda la valoremos más.

Si bien estuviste cabrón y te odié por momentos, ¡adiós y gracias 2020! Por recordarme esto, por enseñarme tantísimas cosas de mí, de los demás, de la vida y, sobre todo, por prestarme un rato más a mi papá, el doctor.

Estoy aquí, con los míos, en este pequeño oasis en medio del horrendo caos del mundo que parece no parar y al que estúpidamente trato a veces de seguir el paso y, por eso… tal vez por eso, la vida de pronto me rompe los dedos y me obliga a hacerlo.

Les deseo una Navidad feliz. En casa. En corto. Enfocándose en lo que sí importa, siendo responsables y buscando las pequeñas bendiciones escondidas.

Y un 2021 de seguir caminando un pasito a la vez hacia delante con la nacha firme (preparándola para la vacuna) y la fe en Dios – o en lo que ustedes quieran- pero apretando la nacha, levantando la cabeza y poniéndose bien el cubrebocas.

Gracias por acompañarme a transitar.

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