AMLO y la ciencia

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Si a fines de diciembre pasado me hubieran dicho que López Obrador afirmaría en las conferencias de prensa mañaneras que tenemos que dejar las decisiones en manos “de los que saben, los científicos”, habría reaccionado con la más socarrona de las sonrisas incrédulas, de esas que han producido insalvables caídas en mis índices de aprobación.

Tal escepticismo proviene de la actitud del presidente antes a la coyuntura sanitaria actual, caracterizada por la sospecha y hostilidad hacia la comunidad científica, y el presidente parecía congénitamente incapaz de decir la palabra “expertos” sin anteponer el adjetivo “supuestos”. Hoy, en cambio, justifica su estrategia para enfrentar la enfermedad por coronavirus (Covid-19) en su respaldo científico y que los críticos no son mas que irresponsables dedicas a “politiquerías”. 

Algo hay de eso. Hugo López-Gatell, subsecretario de Prevención y Promoción de Salud, es el principal responsable del diseño de esta estrategia, así como el encargado de comunicarla a la sociedad. En muchos aspectos, López-Gatell es una fantasía tecnocrática

Tiene antecedentes en la investigación académica y experiencia práctica, junto con habilidades de comunicador. Es didáctico y claro. Recurre a la analogía y la nemotecnia con eficiencia. Responde con paciencia a las preguntas de la prensa, sin antagonismos y evitando la irritante condescendencia de muchos tecnócratas economistas. La cereza en el pastel: en todas sus presentaciones tiene el aspecto de quien durmió sus ocho horas y paró en el camino a que le corten el pelo y lo afeiten.

Las credenciales de López-Gatell y lo que puedo entender de la estrategia me convencen de que no es una política diseñada sin conocimiento o a partir de ocurrencias. La estrategia busca que las intervenciones sean implementadas justo en el momento en que son necesarias, a fin de evitar costos sociales y económicos innecesarios. La intervención es precisa porque se anticipa al comportamiento de la enfermedad. 

Para conocer la evolución de la enfermedad, no es indispensable saber exactamente cuántos casos hay en un momento determinado. Basta con una combinación de muestreo y atención a pacientes con síntomas que dan negativo para la prueba de influenza. Esto explica que el número de pruebas sean tan bajo: el subregistro es parte del diseño.

La estrategia ha sido criticada por este último aspecto, así como por percibirse retraso en medidas más drásticas como el llamamiento al distanciamiento social (ya en vigor) o incluso la cuarentena. Un defensor del gobierno (bueno, uno culto) podría comparar a López-Gatell con el general romano Fabio Máximo, que a fines del siglo III a.C. combatió a las tropas invasoras de Haníbal con una larga guerra de desgaste basada en escaramuzas y el corte de las líneas de suministros. Era una estrategia adecuada, dado el enemigo enfrentado, pero la ausencia de victorias en batallas notables condujo a que el Senado retirara a Fabio del mando. 

Sin ser especialista en el campo, algunos de los aspectos de la estrategia del gobierno me parecen de un gran ingenio, pero también parece haber una disposición a correr riesgos más allá de lo aconsejable. Siendo una enfermedad nueva, cuyo comportamiento es relativamente incierto, se justifican las dudas sobre la capacidad del gobierno para anticipársele con tanta precisión como se afirma en las conferencias de prensa.

Estas dudas son las que el presidente descarta como “politiquerías”. Los científicos ya no son como la camarilla de intelectuales porfiristas, sino una comunidad digna de respeto reverencial por su saber inescrutable e incuestionable. La ciencia realmente no es así. López Obrador mistifica el conocimiento científico porque hoy le sirve para acallar cuestionamientos. 

Cuando pase esto, vamos a volver a escuchar que no hay tanta ciencia en lanzar cohetes al espacio. Tan bajo es el crédito que le da a los consejos con base científica de su gobierno que ha hecho ostentación pública de pasar por encima de ellos con abrazos, mordiscos, aglomeraciones a su alrededor y llamados a salir al mundo a disfrutar de un buen mole.

Cuando se pide al subsecretario que explique cómo es que ese comportamiento es compatible con las medidas sanitarias, se nos desmorona el científico y comienza a surgir el pensamiento mágico del demagogo. Aunque deben ser pocos los expertos que apoyen la idea de una fuerza moral inmunológica, y hoy sabemos que “técnicamente” no es tan deseable para nadie enfermarse, el verdadero problema de la actitud del presidente no es que se expone al contagio. 

López Obrador es un político con una gran popularidad, y esto hace que para muchos, su comportamiento sea la señal para hacerse una idea del verdadero nivel de riesgo, incluso si las recomendaciones de las autoridades sanitarias. Por eso, ya entrados en la fase 2, López-Gatell está siendo mustio cuando se dice “extrañado” de que no haya quedado claro un mensaje tan sencillo como es el de quedarse en casa en la medida de lo posible.

El mensaje es claro, pero se confunde por las señales del presidente. Y la confusión es problemática porque la estrategia del gobierno presume mucha precisión en el momento de la intervención una situación caracterizada por una gran incertidumbre. 

El presidente se puede convertir en una fuerza moral y no de contagio si pone su popularidad al servicio de las autoridades sanitarias mandando una señal clara y rotunda de que confía en el consejo experto. No se requiere promover la imprudencia para transmitir un mensaje de la gravedad del momento sin crear pánico. López-Gatell lo hace dos veces diario. 

El presidente tiene que comenzar por cancelar sus giras, aunque la gente “se lo pida” y dirigirse al país y decirle a la gente que se cuide. Lo tiene que hacer él, no López-Gatell, y sin idolitos ni conjuros ni frivolidades. 

En adelante tiene que ser visto siguiendo las recomendaciones científicas de sus autoridades sanitarias de manera convencida: cuando es precavido pero añade “para que no me digan” o “porque si no me regañan”, comunica que en lo personal no cree que en las recomendaciones, que lo hace obligado, y la gente toma nota.

¿Cuándo veremos que el mensaje del presidente es el apropiado? No hace falta un caro y engorroso análisis de contenido. Mejor veamos a las cabezas más afiebradas de la 4T, aquellos que observan las palabras y acciones del presidente antes de escoger sus propias palabras y acciones. 

El día que Villamil, Gibrán, Fernández Noroña y Barbosa dejen de hacer la apología de la imprudencia, ese día podemos estar seguros de que las señales del presidente están totalmente alineados con las de su equipo de científicos.

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