Ya par favar sáquenme de aquí

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No sé cómo van ustedes, pero yo, estoy exhausta. Estoy hasta la madre de lavar, guardar, doblar, trapear, barrer, arrear gente y tratar de ser una persona disque en control de mis emociones.

Si bien mis hijos han sido la mejor sorpresa de la pandemia y me han maravillado con su serenidad, su capacidad de asumir y sus recursos para encontrarse cosas que hacer y cómo resolver el día a día, además de la gran ayuda que han sido para las labores domésticas y me han hecho maravillarme de lo cool y lo chingones que son.

Me puede alguien explicar paaar favaaar ¿cuántos putos vasos necesita usar una persona cada día? ¿Por qué comen todo tiempo? ¿Qué parte no entienden de poner los platos en la pinche lavadora? ¿Por qué no han entendido que las cosas no tienen pies y no regresan solas a su lugar? ó ¿Qué tan complicado puede ser usar un pinche trapito y limpiar la salsa Maggie salpicada en la preparación de ooootro de sus snacks diarios, carajoooo?

O el tema de la comida, que en mi caso se complica a la cuarta porque tengo: uno con algún tipo de inmadurez sensorial que no come cachos de fruta o verdura y es bastante poco aventurado en platillos con ingredientes combinados, una vegetariana extremista, un señor que tiene que llevar comida en “toper” para calentar en su oficina y por lo tanto necesita menús funcionales para ese efecto y que también tiene su colección de mañitas alimenticias y, una señora, aquí su servilleta, con síndrome de intestino irritable (para que entiendan que lo de L’amargeitor me viene desde las entrañas) que se manifiesta, not in the good way, con muchos alimentos que por lo tanto intento descartar. 

Hacer un menú que le guste a todos en esta casa es un pedo mayúsculo y una de mis principales frustraciones, porque no tengo muchas salidas: o siempre alguien se va a quejar de algo (lo cual me caga porque aventarte la friega de cocinar para recibir quejas me da para abajo fuerte) o tengo que hacer un menú con varias derivadas y, por lo tanto, es una chinga, o acabamos redundando en los menús aprobados para la mayoría:  pasta, enfrijoladas, y sopa de tortilla o de verdura (perfectamente molida) y que no necesariamente son los mejores amigos de mi intestino pero… algo tiene que ceder.

Estaba ya muy bien acostumbrada a que entre semana mis hijos y el Sponsor no comían aquí y ahora, el reto diario de pensar qué preparar es una de mis peores pesadillas.

Y es que si bien no hay que obsesionarse con que las cosas estén inmaculadas o salgan bien todo el tiempo, que entendamos que se limpia para que se vuelva a ensuciar y que tratemos de llevar las cosas con la mayor filosofía posible en esta pandemia (de mierda) yo no sé ustedes, pero yo estoy llegando a un punto en el que ya-no-pinches-quiero-jugar- a- esto.

Estoy aburrida y al mismo tiempo agotada de la chinga diaria y ya sáquenme de aquí por favor.

En serio, todo mi respeto y admiración a la gente que decide por voluntad propia pasar su vida siendo ama de casa, creo que es definitivamente un talento fuera de serie que merece todo mi respeto y admiración. Yo, aunque lo que más amo es estar en mi casa, me gusta mucho cocinar y dedicarle tiempo y trabajo para que se vea y se sienta bien, la verdad es que hacer diario lo mismo me va matando lentamente. Extraño la libertad. La variedad

La posibilidad de elegir estar o no estar aquí y el espacio que da que cada quién tenga sus espacios y sus actividades, lo de estar atrapada en el pinche día de la marmota me tiene, por decir lo menos, hasta la madre.

Hacer diario lo mismo sin parar me está empezando a rebasar.

Me rebasó.

Me duele el cuerpo de cansancio. Me duele el ánimo. Me tiene exhausta ser la persona a cargo de las otras personas y arrearlas, contenerlas, soportarlas -porque todos estamos cagantes por momentos… o por días-. A veces me siento completamente sola, aunque estoy acompañada y tengo, todo el tiempo, ganas de llorar.

Así que esta semana decidí parar. 

No he puesto la mesa, ni cocinado nada, ni trapeado frenéticamente, ni lavado ropa.

Mandé, absolutamente, todo a la chingada.

Si alguien tiene hambre, que se prepare de comer. ¿Qué? Lo que encuentre. Lo que se le antoje. Lo que quiera. Si quiere comer cereal con leche a las tres de la tarde, buen provecho, y si prefiere prepararse una pasta adelante… No quiere decir que los tengo abandonados, quiere decir que en lugar de pasar horas haciendo cosas para que todo se vea bien y que todos tengan sus necesidades cubiertas, estoy dedicándome a estar bien yo, a ver la tele con ellos, o conmigo, a pedir pizza o darles las instrucciones para preparar lo que se les antoja y dejarlos que se las arreglen y que entiendan la majestuosa chinga que es cocinar algo de principio a fin incluyendo dejar la cocina como si no hubiera pasado nada… tal vez así, la siguiente vez que yo les sirva algo, valoren un poco más y se quejen un poco menos. 

No tengo la menor duda de que en breve estaré retomando la chinga a full, mi Monica Geller interior no aguanta mucho tiempo en pausa. Esto es solo un mecanismo de sobrevivencia que se activó de emergencia para avisarme que necesitaba respirar, detenerme y acordarme que el mundo no se va a acabar si el piso no está inmaculado y que mis hjios son perfectamente capaces de alimentarse y ¡además! de alimentarme a mi.

Así que esta semana ellos cocinan y yo me como lo que sea que me sirvan. 

Sorprendentemente, al verme parar, ellos se han activado y han hecho cosas como recoger el cuarto de la tele, o vaciar la lavadora, o arreglar un cajón desmadroso sin que nadie se los haya pedido. Y eso me parece una cosa fantástica que comprueba que la chinga ha valido la pena, pero también la oportunidad de dejarlos ver que las cosas nos se hacen solas y que ellos pueden ¡y deben! ponerse la pila. 

Si ustedes están hasta la madre también. Paren. Descansen. Manden todo a la chingada en la medida de sus posibilidades y dedíquense a hacer cosas que les den paz. Confíen en que sus hijos pueden hacer mucho más de lo que creíamos que podían y permítanles aprender a hacer cosas nuevas. Si es necesario, platiquen sus razones para darse de baja por un momento, pidan relevo, aviéntense un maratón de Netflix o una buena chillada en la comodidad de su regadera y después, tírense a leer un libro o a dormir la siesta o a ver a sus hijos jugar y jugar con ellos. 

Suelten y hagan eso que necesitan hacer para que el alma les regrese al cuerpo y háganlo sin remordimiento de nada porque acuérdense que esto, también, va a pasar… espero.

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