En el camino hacia la equidad de género

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El sábado se conmemoró un aniversario más de la adopción en Latinoamérica, en 1995, de la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer, conocido como Belem do Pará y que significó un parteaguas para el continente en la lucha por conseguir erradicar no solo la violencia, sino la falta de acceso a derechos y oportunidades  de las mujeres frente a los hombres en el continente.

Según la Organización de las Naciones Unidas, la equidad de género no significa que hombres y mujeres deban ser tratados como iguales, sino que el acceso a oportunidades y derechos no dependerá del sexo de las personas.

Esto quiere decir que el sexo con el que nacemos no debería determinar las oportunidades o responsabilidades que tendremos a lo largo de nuestras vidas. Si partimos de este principio, la discriminación hacia algún género no tendría que existir, pero el caso es que existe.

Hay acuerdos e iniciativas internacionales que han sido creadas como marcos de acción para  lograr avances en las disparidades de género en el ámbito social, educativo, económico, laboral y de salud.

Una de estas iniciativas es la Plataforma de Acción de Beijing, que se creó para impulsar mundialmente la equidad de género en todas las dimensiones de la vida cotidiana. Sin embargo, ningún país puede presumir aún de haber derribado por completo las barreras y obstáculos que todavía limitan a las mujeres.

La inequidad de género es un problema complejo. Aunque algunos países han hecho progresos significativos en la materia, la inequidad aún existe. Hoy todavía las mujeres enfrentamos diariamente situaciones de marginalidad, discriminación y vulnerabilidad tanto en espacios públicos como privados. 

Por ejemplo, la brecha laboral sigue siendo un reto para nosotras, pues la mayoría trabaja en empleos informales, es más probable que estemos en empleos de menor calidad y, además, seguimos ganando menos que los hombres. En cuanto a la presencia femenina en los cargos directivos, continúa habiendo una diferencia abismal con respecto a la masculina.

Se han hecho esfuerzos a través de distintas acciones afirmativas para tratar de reducir la brecha para alcanzar la igualdad de derechos y oportunidades, como cuando se adoptó la obligación de tener un Congreso paritario en México. Esfuerzo que, como muchas acciones afirmativas se pueden convertir en una especie de boomerang que, en vez de ayudar a las mujeres, muchas veces nos opera en contra.

Así, tenemos que en este momento, el Congreso está compuesto prácticamente en partes iguales por hombres y mujeres, pero las posiciones de poder en Comisiones y Mesa Directiva siguen siendo ocupadas, la mayoría de las veces, por hombres. Una simulación que se debe erradicar a través no solo de ese tipo de acciones, sino del respeto cotidiano a nuestras diferencias y similitudes.

Si las acciones afirmativas no van acompañadas de una explicación y aprendizaje profundo de lo que se desea cambiar, suele ocurrir que los hombres terminen por darle la vuelta a las acciones, así sean ley, y tengamos que ver casos patéticos como el de las diputadas “Juanitas”, que fueron reemplazadas por sus suplentes hombres una vez que consiguieron la elección.  

Hoy se reconoce a nivel internacional que la igualdad de género es una pieza clave del desarrollo sostenible y que además nos conviene a todos y todas. Porque se ha demostrado que más mujeres en espacios públicos tomando decisiones significa mayor crecimiento económico, bienestar para las familias, productividad e innovación.

De acuerdo con el Foro Económico Mundial, un gran porcentaje del salario de las mujeres se invierte en sus familias y en su comunidad. Incluso, ese organismo internacional señaló que cuando nosotras tenemos el control sobre los ingresos ayudamos a lograr una economía sana.

Es necesario que nuestras sociedades sean más equitativas, justas y sostenibles, para ello, es fundamental que fomentemos la idea de que hombres y mujeres tienen que compartir de forma equilibrada las posiciones de poder y de decisión en los gobiernos, en el mundo de los negocios y en los demás sectores.

Tenemos que trabajar por una equidad de género incluyente que nos permita igualarnos en nuestras diferencias. Aprovechar las mejores virtudes de cada hombre y mujer. Entendernos en nuestras diferencias pero respetarnos en igualdad. Construir una sociedad más justa e igualitaria en la que las mujeres podamos vivir y realizarnos con el mismo piso parejo que los hombres.

Por eso, esta semana en Cuestione conoceremos algunos ejemplos de cómo la equidad de género permite que las economías crezcan rápidamente y las sociedades sean más saludables y mejor educadas. También analizaremos las consecuencias de las brechas de género así como los mitos construidos alrededor de este tema. 

Es claro que la estabilidad y la sostenibilidad de nuestras sociedades necesitan de un equilibrio de género. Porque una sociedad justa debe transformar a su comunidad en una más igualitaria e integradora. Al final, el éxito de una sociedad  se basa en abrazar nuestras diferencias y reconocernos como individuos únicos con los mismos derechos y oportunidades, sin importar nuestras preferencias, raza o ideología.

Otro texto de la autora: Si hay libertad económica… hay progreso

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