Los movimientos antivacuna, un riesgo en tiempos de COVID-19

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Los movimientos antivacuna son siempre un riesgo para la sociedad. Y en una época como la actual, con la COVID-19 generando crisis económicas y sanitarias, se vuelve clave contrarrestar su influencia con información científica, asegura la epidemióloga Guadalupe Soto Estrada.

Como mencionamos en esta nota, es cuestión de días para que se comience a aplicar la vacuna contra COVID-19 en nuestro país. Sin embargo, esta buena noticia es apenas el inicio de un largo camino.

Soto Estrada, investigadora de la Facultad de Medicina de la UNAM, nos contó que uno de los factores que deben considerar las autoridades sanitarias es realizar una campaña que comunique bien la importancia de aplicarse la vacuna.

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Y es que pareciera que todo el mundo se quiere aplicar la vacuna contra la COVID-19, pero esto no es tan real como suena.

Según la revista médica británica The Lancet (que, por cierto, tiene su responsabilidad en el boom del movimiento antivacuna actual, como veremos más adelante), hay 31 millones de personas que siguen a grupos antivacunas en Facebook y otras 17 millones suscritas a cuentas similares en YouTube.

El mismo artículo señala que uno de cada seis británicos podría no querer vacunarse contra la COVID-19 y, curiosamente, esas mismas personas son las que más confían en las redes sociales para obtener información sobre la pandemia.

El riesgo de los movimientos antivacuna

La epidemióloga Soto Estrada considera que promover que la gente no se vacune es una práctica de riesgo, porque “disminuye la posibilidad de que una epidemia pueda controlarse tan efectivamente como si la mayoría de la población se vacunara”.

Además, agregó que las epidemias son un evento colectivo, no individual, y se tiene que vacunar a la mayor cantidad de personas posible en beneficio de toda la gente.

“Si no se consigue alcanzar cierto nivel de inmunidad en la población, el riesgo para adquirir la enfermedad se mantiene elevado, y esto no solamente causa estragos en la salud de las personas, sino que contribuye a la mortalidad, además de causar un impacto significativo en las condiciones sociales, culturales y económicas de las comunidades”, dijo la experta.

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Este año México vivió un rebrote de sarampión, una enfermedad que parecía que ya habíamos dejado atrás. Como explicamos en esta nota, la causa de este resurgimiento fue el descenso de las personas vacunadas contra esa enfermedad.

Y, aunque en este caso en particular, el problema parece haber sido el desabasto de vacunas en las instancias de salud pública del país, los movimientos antivacuna también tienen su grado de responsabilidad en este tipo de rebrotes.

El estudio Grupos antivacunas: el regreso global de las enfermedades prevenibles de la Revista Latinoamericana de Infectología Pediátrica señala que apenas en 2017, Europa tuvo 14,451 casos de sarampión. Cuatro veces más que en 2019, debido a que bajó la vacunación.

“Cuando se trata de una vacuna que se aplica de forma general a toda la población o a una gran parte de ella, se garantiza tanto la seguridad como la eficacia, de tal manera que los efectos adversos graves son mínimos”, nos dijo Soto Estrada.

Y agregó que la vacunación también sirve como “monitoreo constante de los efectos que puedan estar asociados a la aplicación de alguna vacuna, para que en su caso se tomen las acciones que sean de mayor beneficio para la población”.

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El origen de los movimientos antivacuna

De acuerdo con Soto Estrada, los movimientos antivacuna han aparecido desde que surgió la primera vacuna. Es normal que existan distintas formas de pensar, diferentes creencias culturales, sociales y religiosas; pero por eso es importante informar con bases científicas.

La historiadora médica Kristin Hussey explicó a la BBC que en 1798, cuando Edward Jenner probó que una dosis de viruela bovina protege a los humanos de esa misma enfermedad, provocó una oposición rápida y salvaje de varios sectores de la población.

“Surgió (la oposición) desde una variedad de ángulos: el sanitario, religioso, científico y político (…) Algunos sintieron que el método que usaba el material obtenido de las vacas era insalubre o poco cristiano, ya que usaba materia de criaturas inferiores”, explicó Hussey.

Sin embargo, de acuerdo con Soto Estrada, aunque siempre ha existido resistencia a las vacunas por varios factores, esto se acentuó por publicaciones “aparentemente científicas” que resultaron ser falsas.

En 1998, la revista británica The Lancet publicó una investigación del médico Andrew Wakefield, que vinculó al autismo con la aplicación de la vacuna triple viral (la cual sirve para inmunizar contra el sarampión, la parotiditis y la rubéola).

Después se demostró que el estudio era un fraude y la revista retiró el artículo en 2004.

Sin embargo, la semilla se había sembrado: ahora existe el movimiento antivacuna que cree que la triple viral provoca autismo, a partir del artículo de Wakefield. No importa que haya sido desmentido, la convicción se instaló en varios sectores de la sociedad. También existen un sinfín de movimientos cercanos a teorías de la conspiración, cuyo límite parece ser la imaginación de cada persona.

Y para muestra, un botón:

La epidemióloga Soto Estrada considera que una gran parte de las personas que pertenecen a estos movimientos los son porque tuvieron la información incompleta o de fuentes poco confiables.

Y, si bien es cierto que han existido efectos adversos que les sirven de argumentos a estos movimientos, las vacunas han logrado abatir enfermedades que antes se consideraban grandes problemas de salud pública, como vemos ahora con el grave impacto de la COVID-19 en términos de salud, pero también de economía.

¿Las personas deben ser libres de creer lo que quieran aunque puedan afectar la salud de los demás? ¿El gobierno debería decretar la vacunación contra COVID-19 como obligatoria o solo informar sobre su importancia? 

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