¿Cuándo le doy un celular?

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Una pregunta constante que me hacen muchas mamás es la del celular y los hijos.

¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por dónde se empieza y cómo diablos se regula?

Aclaro, antes que nada, que no soy experta en el tema

Como siempre, lo que les voy a decir es mi muy personal opinión que me he formado a base de informarme y usar mi criterio. Cada quién debe hacer sus adecuaciones y su propia investigación, pero siendo que es un tema recurrente les voy a dejar por aquí mis principales recomendaciones.

Lo primero que les tengo que decir es que de todas las batallas que uno tiene que elegir con los hijos, ésta, la de uso responsable y regulación de un teléfono celular -o cualquier pantallita- es la que no queremos, ni debemos por ningún motivo, dejar de pelar. 

Nunca.

Pero de que es una chinga, es una chinga. Ni modo.

Empecemos por eso de que ¿a qué edad es hora de darles un celular?

Pues miren, para mí, el detonador o la razón que justificó darle uno a mis hijos fue cuando empezaron a ir a lugares en donde yo no podía comunicarme con un adulto responsable a su cargo. Mientras sus planes fueron ir a la escuela, irse a casa de un amigo o ir a X plan con un mayor de edad con quién pudiera comunicarme, no había razón para que tuvieran uno, porque localizarlos es lo único que para mi justificaba que lo tuvieran.

Eso hizo que a la de 16 se lo diera a los 12, porque por primera vez ella y el de 14 iban a viajar juntos pero solos en un avión y a mi me causaba mucho estrés el espacio de tiempo entre que yo los soltaba en el aeropuerto y alguien más los cachaba del otro lado.

Al de 14 se lo dimos en este, su último cumpleaños, hace tan solo un par de meses. Se le atravesó una pandemia y, por lo tanto, no había necesidad de tener un celular si estábamos siempre encerrados. Claro que tenía un cel viejo de su papá con tooodas las apps del mundo, pero… no tenía línea telefónica. 

En ambos casos, seguí el ejemplo de mi papá cuando nos dio un coche: no les dimos un teléfono nuevo. Ni el último modelo. Ni el que “tooodos los demás tienen”. No. Les dimos un cel nuestro cuando cambiamos de modelo. Soy una fiel creyente de que no por el hecho de poderles dar, hay que darles todo, nunca. Tampoco tienen un plan ilimitado. Tienen un plan pre-pagado que debe durarles 30 días y si se lo revientan antes, ellos deben de pagar lo necesario para llegar a fin de mes.

Aprender a administrarse y valorar el costo de las cosas me parece una facultad indispensable para la vida.

En ambos casos, fueron los últimos de su salón en tener uno y ante el chantaje oficial  de “es que todos mis amigos tienen” yo siempre contesté ecuánime : “qué padre por ellos” y me valió cien kilómetros de madres si se traumaban o no. 

Y …  ¿qué creen? ¡sobrevivieron! y CERO se traumaron

Así que mi primer consejo sería, definitivamente: tárdense lo más posible  en darles acceso a cualquier tipo de pantalla y una vez que empiecen, infórmense de los contenidos y tiempos adecuados para cada etapa del niño y su cerebro.

Una vez que eso ya no se puede postergar mis consejos serían:

1. Regulen 

  • Hagan un contrato que firmen ambas partes. Es una manera muy sencilla de poner reglas y que ellos empiecen a aprender eso de asumir compromisos y hacer acuerdos ¿qué hay en los contratos con mis hijos? ahí les va:
  • El teléfono es de los papás. No de ellos. Y al usarlo  tienen que hacerse responsables de él.  Si el aparato sufre cualquier daño, ellos deberán cubrirlo. Créanme, lo cuidan como oro.
  • El teléfono es para que su papá y yo podamos localizarlos en cualquier momento y en cualquier lugar. Nos tienen que contestar SIEMPRE. Si eso no sucede, el teléfono pierde su razón de ser y se termina el trato.

2. Revisen

  • Al ser menores de edad y sabiendo todos los riesgos que implica el mundo del internet, ellos tienen que darnos la clave del teléfono y sí, sí podremos revisar -y revisamos- si lo consideramos necesario, lo cual de ninguna manera es invadir su privacidad, es protegerlos y enseñarles a usarlo además de, probablemente, podernos dar cuenta de algo que no está ok a tiempo y prevenir una tragedia.
  • ¡Esto jamás lo hago frente a ellos! no se trata de humillarlos o incomodar, pero ellos saben que yo puedo entrar y eso es una pequeña vacuna para que se piensen dos veces qué hacen ahí. 
  • Evidentemente, no reviso diario, de hecho entre más crecen menos lo hago, porque hay que empezar a confiar en lo que sembramos y porque no es lo mismo a los 12 que a los casi 17 en donde seguro hay cosas de las que ni siquiera me quiero enterar.
  • Dos veces pude detectar a tiempo que alguien estaba por darle tooodos sus datos a un desconocido -disque de su edad- y otra vez que el contenido al que se estaba accediendo era absolutamente inapropiado para su edad rayando en alarmante.
  • Así es que sí, sí hay que revisar, porque a todos nos puede pasar.

3. Limiten 

  • En el contrato se establecen también horarios de uso y reglas básicas:
  • No se usa en la mesa. Se trata de conectar no de aislarse cada quién en su pantalla.
  • No se usa en el coche por más de unos minutos. No soy el uber -bueno sí soy pero me rehúso a que me traten como uno. Que me platiquen, que vean por la ventana y que se aprendan el camino a casa, o que se aburran, me da igual, pero que saquen la cabeza del celular en los trayectos que son los pocos espacios que nos quedan en donde podemos aprovechar para estar sin pantallas y conectarnos con ellos. Por lo general ahí es donde me sueltan siempre las sopas.
  • Uno no se pegostea al celular en una reunión, evento, o convivio, de manera ininterrumpida. Es una majadería y una tragedia que los niños ya no jueguen y que los pubertos no convivan porque están idiotizados en sus aparatos y los papás no hagamos nada al respecto.
  • Se apaga todas las noches y se saca del cuarto. 
  • En nuestra casa no hay pantallas en los cuartos durante las noches porque mejor las usamos para dormir. 

En realidad, el contrato es para dar un sentido de formalidad a la situación y que entiendan la responsabilidad que conlleva un celular en todos sentidos.

Pero lo realmente importante, es la conversación.

Hablar constantemente con los hijos de los riesgos, el impacto y el uso de estos aparatitos es indispensable. Platicarles las historias de terror. Repetir sin cesar los riesgos. No dar información personal. No decir nada vía texto -o foto- que no dirías en persona. No aceptar gente que no conoces. No ser parte de  -o denunciar- grupos en donde se trata de degradar, agredir o ser parte de algo que lejos de construir, destruye. 

Pensar muy bien antes de subir cualquier cosa porque, aunque la borren, ahí se va a quedar y va a generar una huella digital que sus futuros empleadores irán a buscar para ver el tipo de personas que son. Todo lo que compartes se queda. Siempre. Y eso es muy importante recordar. 

Hablar. Hablar. Hablar.

Y seguirle el paso a la tecnología.

No se vale decir “yo ya no entiendo nada entonces no tengo redes” ¡CRASO ERROR! Hay que saber qué son, cómo funcionan, cuáles son las cosas nuevas y aunque no tengamos una vida activa en ellas, es obligatorio entender de qué están hablando nuestros hijos para no caducar, quedarnos atrás y que nos puedan ver la cara de pendejos o no podamos ayudarlos. 

Hay que conocer su mundo para poderlo compartir, pero también para poderlos guiar. 

En mi casa una conversación frecuente es recordarles que el mundo no necesita ver una foto de ellos cada día ni de cada cosa que hacen, comen, o su look of the day

Ni mucho menos estarse posteando semi encuerados de la misma manera que no se tomarían una foto enseñando las chichis, imprimiéndola, y repartiéndosela a toda la escuela. 

Necesitamos que nuestras hij@s entiendan el riesgo que representa y muy especialmente que sepan que buscar la aceptación y validación no debe venir de los likes por que  los likes,  en realidad -igual que los followers- son humo. 

Enseñémosles a saber auto validarse a través de sus logros, sus capacidades, sus esfuerzos, su crecimiento personal y la habilidad de conectarse realmente con alguien más estableciendo relaciones saludables, empáticas y sobre todo…reales. Sin filtros.

No podemos escaparnos de este mundo. Ni mantenerlos al margen de las redes. Pero sí les podemos orientar a seguir a gente más enriquecedora en lugar de “influencers” estúpidos, vacíos y, muchas veces, con desórdenes alimenticios graves y capaces de decir cualquier cosa por dinero sin importarles un pepino la salud física y mental de nuestros hijos.

Hay mucha mierda en las redes. Pero también hay muchísima gente valiosa. Muchos chavos alrededor del mundo haciendo cosas inspiradoras. Y muchas cuentas realmente chingonas. Fíjense a quién siguen sus hijos. Cuestionen. Pregunten. Orienten. Preséntenles opciones y estén abiertos a las suyas porque también podemos llegar a cosas increíbles a través de ellos. 

Pero acuérdense: nosotros tenemos, siempre, derecho a veto. 

No tengan miedo de ejercerlo.

Y finalmente ¿qué creen?….

Lo del ejemplo.

Nada de todo esto puede funcionar si no lo ven primero de nosotros. Si diario nos sacamos fotos con duck face -me explicaaaaan paaar favaaar porque sigo sin entender esa aberración- enseñando las chichis y somos las primeras que sexualizamos a nuestros hijos vistiéndolos como grandes y poniéndolos a posar desde que tienen 2 años….¿qué podemos esperar que hagan ellos?

Así que como siempre… empecemos regulándonos nosotros, dejándolo por un rato -o por horas- para pasar tiempo con alguien más sin estar scroleando compulsivamente. 

Desconectemonos para conectar… y para educar y sepan que, muy probablemente, no nos vamos a salvar de todas las noches tener que acabar gritando ¡apaguen yaaaa el celular!

Pero esa, como ya les dije, es la batalla que no podemos dejar de pelear.

Otro título de la autora: Perfectamente mal

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