Identidad política ¿sin transformación social?

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La derecha en México ha sido rapaz. El grueso de los grandes empresarios se han beneficiado de los “conectes” que tienen en la política. Muchos crecieron al amparo de las privatizaciones de las décadas de los 80 y 90. Y muchos siguen creciendo gracias a licitaciones millonarias y corruptas realizadas en connivencia con el poder.

No es ni nuevo ni raro que el grueso de los grandes empresarios mexicanos no emprenden nada, simplemente juegan a lo seguro con un muy bajo nivel de riesgo y una gran oportunidad de ganancia. De los políticos no hay mucho que decir, es sorprendente que aún haya país después de la corrupción sistemática encabezada por el gobierno de Enrique Peña Nieto.

En el 2018, de acuerdo con el CONEVAL, de los 130 millones de mexicanos, 98 millones de personas se encontraban en condiciones de pobreza o de vulnerabilidad social. Hoy, en medio de la crisis económica por la pandemia, seguro que son más. A eso hay que sumar las estructuras de exclusión social y de discriminación que aún existen.

Con ese nivel de desigualdad social y con la lógica rapaz del gobierno y empresarios de derecha, es esperable que cualquier intento de transformación conlleve una política de confrontación. La redistribución económica y el reconocimiento social chocan, de frente, con el orden existente y con las pretensiones de mantenerlo.

No fue la izquierda quien inició esta política discursiva del conflicto y la polarización. El inicio lo podemos encontrar en el 2006, con la campaña de descalificación de Felipe Calderón: peligro para México.

La campaña de “peligro para México” fue equivocada por varias razones. Primero porque el verdadero peligro para México es mantener un orden político, económico y social de la exclusión. Además porque, comparado con el resto de los gobiernos de la vuelta a la izquierda en América Latina, el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador es de los más moderados.

El presidente ha repetido en múltiples ocasiones: no investigará los delitos del pasado y prometió impunidad generalizada (olvido no, pero perdón sí); no hará una reforma fiscal progresiva; se negó a modificar la estructura concentrada de medios de comunicación en manos de los grandes empresarios; de hecho, nombró a muchos de ellos como miembros de un consejo asesor; en fin, amplió la política social con dudosos mecanismos técnicos y por medio de recortes generalizados a la burocracia que se acercan más al desmantelamiento estatal que a un proceso efectivo y duradero de redistribución económica. 

Vaya, las propuestas de transformación de la 4T están lejos de ser un peligro para la élite político-económica mexicana. Después de la 4T México seguirá siendo capitalista, neoliberal y neoextractivista. No se habrán modificado las estructuras de exclusión social. Vaya, ni siquiera impulsan la interrupción legal del embarazo. No hay ninguna transformación política de fondo en el gobierno actual. Pese a eso, la derecha más recalcitrante del país no está dispuesta a ceder ni siquiera la capacidad de nombrar al gerente del changarro.

El liderazgo de Andrés Manuel López Obrador tomó el camino equivocado. Después del 2006, rápidamente se convirtió en una oposición irresponsable: simple y sencillamente me opongo a todo. Esto nos ha llevado al lugar en el que actualmente estamos: gobiernos que son irresponsables en la toma de decisiones. Oposiciones que son igualmente irresponsables.

Morena llegó al poder con un diagnóstico adecuado de lo que pasa en el país, pero sin un programa político eficiente de cambio. Lo que Andrés Manuel López Obrador ha logrado construir en estos 20 años -desde que era Jefe de Gobierno del Distrito Federal- es una identidad política sustentada en el desprecio a un conjunto de cosas que se engloban en lo neoliberal y lo conservador.

Las experiencias exitosas de arribo al poder en América Latina nos dejan ver que la construcción de estas identidades políticas es necesaria, pero es insuficiente. ¿Qué pasa si nos quedamos sólo con la identidad política sustentada en una lógica de confrontación con el otro, con los neoliberales o los conservadores, pero cada vez con menos programa político y con menor capacidad de articulación de demandas sociales? Esto es lo que está sucediendo hoy en México: mucha identidad política adversarial, cada vez menos programa político y capacidad de articulación de demandas sociales.

Uno de los más grandes desatinos del presidente en los últimos días fue reírse de las masacres cometidas durante su gobierno. Puede no gustarle que los medios de comunicación le recuerden que en México aún se asesina, se tortura, se viola y se desaparece. La burla es la peor respuesta al dolor de la gente. El presidente no está articulando estas demandas de construcción de paz… y de justicia.

Más del autor: Lozoya, la justicia…

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