El polvorín afgano y la espina talibán

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El talibán avanzó encontrando muy poca resistencia y tomó control de Afganistán por completo. La ciudad de Kabul los recibió entre caos, incredulidad y abandono. El presidente, Ashraf Ghani, desertó a su gobierno y al país entero con el pretexto de que su estancia en la capital hubiese resultado en una mayor derrama de sangre sin pronunciar palabra sobre su responsabilidad directa en la catástrofe.

Por su lado, el gobierno y ejército estadounidenses trabajan horas extra para justificar y enmendar lo que sus críticos llaman un estrepitoso fracaso político/militar. Con los preparativos y ejecución de la evacuación del personal de su embajada en Kabul, vinieron las imágenes y comparaciones fáciles con la evacuación aérea de la embajada estadounidense en Saigón en abril de 1975; comparación fácil por no tomar en cuenta que probablemente lo que el gobierno estadounidense estaba tratando de evitar era una situación similar a aquella de la toma de rehenes en su embajada en Teherán en noviembre de 1979.

¿Por qué el caso de Irán es mucho más cercano que el de Vietnam en este caso? La explicación, irónicamente, fue expresada de manera muy clara por el presidente Joe Biden en su mensaje hace dos días: “Fuimos a Afganistán hace casi veinte años con objetivos claros: hacer pagar a aquellos que nos atacaron el 11 de septiembre de 2001 y asegurarnos que Al Qaeda no pudiera seguir utilizando territorio afgano como base para atacarnos de nuevo…” Y es cierto, los estadounidenses no invadieron Afganistán para deshacerse del régimen talibán o defender y proteger los derechos de las mujeres en aquel país; suponer lo contrario resulta en perpetuar una falsa gesta heroica en igualdad de género de su parte. 

Frente a la aguda incapacidad y corrupción del gobierno afgano y la necesidad de coligarse con jefes militares (mayoritariamente muyahidines anti-talibán del norte), los estadounidenses decidieron no armar hasta los dientes la zona para evitar que sucediera lo mismo que con ISIS en Irak y Siria (o en el mismo Irán que hasta 1979 fue su enclave estratégico en la zona). 

Retirarse reconociendo su incapacidad de moldear el país a imagen y semejanza de una democracia occidental fue la solución; no sólo del gobierno de Biden sino también del de Donald Trump.

Estas mismas razones hacen que la postura de México en el Consejo de Seguridad de la ONU parezca simplona y desconectada con la realidad. En su intervención en la sesión de emergencia ante el Consejo, la representación mexicana llamó al respeto al “marco institucional del país” e insistió en que “el futuro de Afganistán debe ser decidido democráticamente por todas y todos los afganos…”, mensaje que llegará a oídos sordos en un grupo miliciano que resistió por 20 años a fuerzas de la OTAN y de los Estados Unidos. 

El futuro inmediato de Afganistán transitará por una reorganización institucional que poco tendrá de “democrática”, por lo que la postura de la política exterior mexicana al respecto no deja de ser una lista de buenos deseos.


Sacar las manos e intentar lavarlas es hoy el interés primordial del gobierno estadounidense por lo que organizar una reacción concertada y efectiva a nivel internacional resultará difícil. El renovado régimen talibán será en el mediano plazo una espina difícil de extraer del costado de la sociedad internacional.

Otra colaboración del autor: Maniobrando entre temas de política exterior e interior estadounidenses

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